Relatos, reflexiones y encuentros
Relatos, reflexiones y encuentros
20 de abril de 2026
De los límites y el conflicto a la gestión emocional: cómo el lenguaje ha hecho digerible una crisis que exige ruptura.
Qué pierde el discurso ecológico al ser domesticado
20 de abril de 2026
HEMOS DOMESTICADO LA ECOLOGÍA
Sentía un malestar. Estaba preocupado. Me dijeron que tenía nombre. Y, al ponerle nombre, parecía que todo se volvía más manejable. La angustia seguía ahí, pero ya no exigía respuestas incómodas, solo estrategias para convivir con ella. Así, aprender a vivir con ella, se volvió casi un consejo de bienestar. Respira, no todo está en tus manos, regula tu exposición a las noticias… El problema seguía ahí, pero ya no tenía por qué mirarlo de frente, ya no me interpelaba directamente a mí: mi preocupación solo necesitaba gestión emocional. Ecoansiedad. Qué gran término a caballo entre la psicología, la pedagogía del consumo y la gestión de la culpa. Y no. La ecoansiedad no niega la crisis; de hecho, reconoce que algo grave está pasando. Pero desplaza el foco. Desplaza el foco de las estructuras, del modelo económico, de la política o de los límites del sistema, a la esfera emocional de cada persona. Ha desplazado la pregunta correcta: en lugar de preguntarnos qué estamos dispuestos a perder, nos preguntamos cómo sentirnos mejor dándonos permiso para hacer “lo que podamos”. Y así, hemos domesticado el problema.
Hoy, hablar de ecología, no significa hablar de límites, de renuncia o de conflicto. Ya no es decir basta al crecimiento ilimitado. Hoy hablamos de ecología sin molestar demasiado. Hemos educado a la crisis. El nuevo imaginario verde ha sustituido perdida por oportunidad, sacrificio por innovación. Los conceptos se reinventan. Ideas como “límites planetarios”, “decrecimiento” o “conflicto ecosocial” han sido progresivamente sustituidas por un vocabulario más cómodo y digerible, como eficiencia, innovación verde o transición. Palabras que no exigen ruptura. Palabras que prometen continuidad. Un nuevo futuro prometido, el New Green Deal. Una transición que dice muy poco sobre renunciar y casi nada sobre deseos y expectativas o sobre límites y justicia social. Ya no se trata de frenar, sino de hacer mejor lo mismo. Todo se reinventa y se reinterpreta. El consumo responsable sustituye la crítica al consumo, la elección individual desplaza el conflicto estructural. Y así, lejos de negar la crisis, pues es cada día más evidente (aunque ciertas corrientes reaccionarias lo hagan abiertamente), el sistema hace algo más inteligente: resignificar el lenguaje.
Llamamos transición a lo que, en el fondo, es un esfuerzo por no cambiar demasiado, pues el futuro verde también necesita recursos, minas, territorios sacrificados y cuerpos que carguen con el coste de la transición. Pero la domesticación del lenguaje no ocurre por accidente, y aquí empieza a asomar una sospecha un tanto incómoda. La domesticación del lenguaje ocurre porque lo que lo ecológicamente necesario, hoy parece ser imposible. No entra políticamente en el marco de lo que se puede decir sin provocar rechazo. Sin embargo, lo políticamente posible, no se sale de la trayectoria actual. Y esa trayectoria tiene nombres feos como ecocidio, genocidio, desigualdad, neocolonialismo, extractivismo, imperialismo o colapso.
Llegados a este punto, conviene preguntarnos que pierde el discurso ecológico al ser domesticado. Pierde conflicto. Pierde urgencia. Pierde capacidad de transformación. Un discurso domesticado no produce fricción, no obliga a elegir. Se vuelve compatible con las dinámicas que nos han conducido hasta este punto y, por tanto, es incapaz de cambiar nada. La ecología deja de ser una pregunta incómoda que cuestiona cómo queremos vivir y se convierte en una narrativa de mejora continua. El sistema consigue hablar de crisis sin alterarse, sin tambalearse. Quizá no necesitemos comunicar mejor la crisis, ni más pedagogía amable o campañas inspiradoras. Tal vez lo urgente sea devolverle su crudeza a la crisis. Recuperar un lenguaje más honesto. Menos seductor. Más incómodo. Porque la ecología, si quiere seguir siendo relevante, quizás tenga que volver a ser indigerible.
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