Relatos, reflexiones y encuentros

Relatos, reflexiones y encuentros

17 de enero de 2026

Cambiar de comportamiento puede asegurar la supervivencia de una especie. Resistirse al cambio, no

La resiliencia es la única respuesta cuando el entorno deja de sostener lo que conocíamos, mientras que las causas que obligan a hacerlo, no siempre se cuestionan

Una tortuga, nacida de un huevo puesto en Calafell e incubado en cautividad por un proyecto de head-starting, es liberada en su playa de origen.

17 de enero de 2026

COLAPSO Y RESILIENCIA: LECCIONES DE UNA TORTUGA 

Es verano. Una tortuga boba emerge del mar y avanza lentamente por un mundo nuevo para ella, una playa del Mediterráneo occidental. Busca un lugar donde desovar en el espacio que, hasta hace apenas unas horas, ocupaban bañistas, toallas y sombrillas. No es un error de orientación ni una anomalía biológica: es una respuesta.

Desde hace poco más de una década, esta especie ha comenzado a buscar zonas más frías donde desovar, yendo a contracorriente de su propia biología. Una especie filopátrica (vuelve a la playa donde nació a poner sus huevos) que se ve obligada a romper su propio patrón evolutivo para asegurar su continuidad. La subida de las temperaturas a consecuencia del cambio climático amenaza la supervivencia de sus puestas, forzando una respuesta que pone de manifiesto una capacidad de resiliencia orientada a asegurar el éxito de la especie. Una lógica que interpela directamente a las sociedades humanas: cuando el entorno se transforma, resistirse al cambio puede resultar fatal. Y si el colapso es inevitable, ¿están nuestras sociedades construyendo resiliencia para amortiguar sus consecuencias, o reforzando las condiciones que las harán más graves? A diferencia de las tortugas, en nuestro caso, el cambio climático no es tanto el detonante del colapso, sino un acelerador y amplificador de los efectos, las consecuencias y el impacto de dinámicas que hace ya tiempo que se vienen gestando, como la desigualdad, la fragmentación social o la polarización política. 

En un contexto de eventos meteorológicos extremos, los criterios técnicos que definieron la localización de infraestructuras críticas necesitan revisarse frente a un clima en transformación.

No son pocos los que aseguran que acabamos de entrar en la era de la inteligencia artificial. Son muchas las voces que, en este debate, se aferran a la tecnología como a un salvavidas. Pero, sin embargo, el mismo poder que aparentemente da esa sensación de control frente al colapso que se avecina, puede ser a su vez una de las mayores fuentes de vulnerabilidad para muchas de nuestras sociedades. La dependencia a tecnologías críticas, que además dependen de un sistema económico basado en el extractivismo, pueden volverse en nuestra contra, aumentando la exposición de nuestras sociedades a consecuencias más graves derivadas de esta crisis, que cabe volver a recordar, no es una consecuencia del cambio climático, sino de las deficiencias estructurales del sistema. Detrás del progreso tecnológico, subsisten vulnerabilidades profundas que no desaparecen con cada actualización de los sistemas operativos. Dicho en otras palabras, lo que aparentemente se percibe como una ventaja puede convertirse en un riesgo. La combinación de un mundo altamente interconectado con sistemas críticos dependientes, convierte nuestras sociedades en sistemas altamente complejos, y la complejidad no es sinónimo de resiliencia. Si no aprendemos a gestionar la interconexión y la tecnología, corremos el riesgo de que nuestra sofisticación se vuelva contra nosotros, amplificando los impactos del colapso.

Si la sofisticación tecnológica y la interconexión no nos protegen, ¿qué nos permite realmente resistir los efectos de un posible colapso? Nuestra vulnerabilidad reside en los patrones que rigen las sociedades actuales, marcados por el crecimiento continuo y a cualquier precio, el individualismo y la dependencia de redes complejas globales. La resiliencia, como la que demuestran las tortugas bobas, y entendida como la capacidad de adaptarse y reorganizarse frente a las amenazas, en nuestro caso, deberá surgir de reestructurar nuestras prioridades y formas de vida. Únicamente si dibujamos sociedades diferentes -capaces de vivir con menos, pero no peor, que apuesten por economías locales y donde se construyan redes de colectivismo y cooperación frente al individualismo- podemos generar la capacidad de amortiguar las consecuencias del inevitable colapso.

Contacta conmigo