Relatos, reflexiones y encuentros

Relatos, reflexiones y encuentros

12 de febrero de 2026

Donde los instantes no se miden, se habitan y cada jornada construye identidad y pertenencia

La forma en que se organiza el tiempo también define el territorio que habitamos

Paulina extiende mazorcas de maíz sobre mantas en el suelo para su secado.

12 de febrero de 2026

ANDES: TIEMPO Y TERRITORIO

A las cinco de la mañana ya había movimiento en la casa. La luz del sol todavía no entraba por las ventanas, sin embargo, el día ya estaba en marcha. A 3.800 metros de altitud, Cuyo Grande despertaba al pie de Pukara Pantillijlla, rodeado por los Apus que protegen el valle.
En la casa de Quintín y Paulina, la nueva jornada no irrumpía con las prisas con que lo hacen las mañanas gobernadas por el reloj, sino que se desplegaba al ritmo de la lógica del entorno, que nada tiene que ver con una invitación al idilio, y la necesidad concreta de cada día. Entre aquellas paredes de adobe, el salario no segmenta la existencia y la vida no se divide en bloques. El tiempo es uno solo, donde trabajar, comer, cuidar y descansar se entrelazan con los imponderables como las hebras del tejido andino y, en ese tejido, las horas, minutos y segundos cobran un significado propio.

Hay lugares donde, todavía, el tiempo no se vende, se invierte; donde el trabajo no es solo economía, sino que es la forma misma en la cual se organiza la vida, se construye identidad y se habita el territorio. Cada momento, cada obligación y cada respiro forman parte de una cotidianidad que se percibe como una continuidad en la que cada acción reafirma la relación con la tierra. Son lugares donde el valor del tiempo no se mide por su rentabilidad, sino por su capacidad de sostener la vida y la conexión con el entorno.

Ovejas criadas por la familia permanecen en un corral de madera y adobe; algunos de estos animales participan en concursos ganaderos por la calidad de su lana y sus características físicas.

La helada de la noche en los pies desnudos que pisan la moraya, el murmullo constante de los cuyes, el peso de los sacos de maíz cargados a hombros, la suavidad de la lana … No se va al trabajo. Se vive en él. Cada tarea da forma al tiempo, organiza el día. No hay prisa, pero tampoco hay tregua. La ausencia de horario no es descanso; es la constancia de quien sabe que, si el ciclo se rompe, la mesa queda vacía. En cualquier lugar del mundo, es esa forma de ocupar el tiempo la que, sin proponérselo, acaba dibujando quiénes somos, cómo habitamos y cómo nos conectamos con lo que nos rodea.

Cuando las sombras de los Apus se alargan y el frío vuelve a apoderarse del valle, la actividad no se detiene porque un reloj lo dicte. Se detiene porque la luz abandona los campos y reúne a todos alrededor de la mesa. En este último instante del día, el tiempo se refleja en el sabor terroso de la papa recién cocida, en el aroma del maíz tostado, y en el calor de la lana que abraza el cuerpo. Y, mientras todo esto sucede, Quintín, Paulina y su familia esperan. Esperan que el regreso del sol señale un nuevo inicio.

Al final del día, todos se sientan juntos en la cocina de la casa en un momento de descanso y encuentro.

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